Lluvia y nada más

jessica-knowlden-589379-unsplashSiempre había escuchado numerosas historias acerca de la vida universitaria, y de esta etapa como una de las más importantes en la vida del ser humano. Algo en lo que coincidían todas aquellas personas que han pasado por la universidad, era precisamente en eso, en describir esos años como los mejores de sus vidas. Historias de fiestas insuperables, de mañanas dedicadas a mejorar las habilidades con las cartas, de noches en la biblioteca apurando para llegar a un examen o bien de llegar a un examen con purpurina en la cara porque coincidía con carnavales, y cómo no, había que aprovecharlo todo. De exámenes imposibles, aquellos que no tendrías tiempo de acabar ni en tres días, ni en cinco, y de preguntas de examen en las que tú mismo te preguntabas donde habías estado el día que vieron eso en clase porque te sonaba a chino. De gente que conocerás y serán tus amigos de por vida, o incluso el padrino de tu boda, o tu dama de honor. De profesores de lo mejorcito, y de otros que son justo lo contrario…

Pero sin duda alguna, lo que más me sorprendía siempre, era la forma en que todos revivían su historia. Sus voces era lo único que permanecía conmigo, su mente había sido transportada a otras épocas, estaban ausentes. Y todas las historias comenzaban igual, con una sonrisa en la boca. Y todas terminaban igual, con vacío y nostalgia en la mirada.

Algunos pensarán que todo esto es una exageración, que no es para tanto, incluso en  mi caso, no me lo creía. No lo creí hasta el año que acabé la carrera, y ya no tuve que madrugar para ir a la facultad, ya no pasaban horas, horas y horas entre sus paredes, en ocasiones interminables, otras con un frío tan gélido que resultaba imposible atajarlo, y por supuesto, sin olvidar esos días lluviosos en los que lo mejor era pararse a ver cómo llovía y nada más. Ni jornadas de sol a sol en Arquitectura, para llegar a tiempo a la entrega de un trabajo, o para acabar con el proyecto.

Cuando por fin acabé la carrera, en lo único que pensaba era en lo feliz que era por haber acabado después de tanto esfuerzo, y de las prisas por escapar y no volver nunca más. La realización del proyecto final de carrera, logra agotar las energías de cualquiera.

Pero llegó el día en que la realidad me azotó de la manera más increíble. Un día, hace tres años ya, recibí un email que llevaba por título “Cien cosas que has de hacer antes de dejar la Universidad”. Un email que ya había recibido otras veces, durante mi andadura universitaria, pero al cual no le había dado importancia. Entre esas cosas estaban: aprender a conducir, hacer un amigo para toda la vida, beber en la universidad, empatar la fiesta con las clases o con exámenes, y un largo etcétera.

Y fue entonces cuando me percaté, de que había hecho muchísimas de esas cosas, de que algunas otras me quedaban por hacer, de algunas que había hecho pero sólo a medias, pero sobre todo, que echaba de menos la universidad. La universidad, a sus profesores, esas asignaturas que en alguno momento pensé que no sería capaz de aprobar, ¿o no era así?, ya que finalmente aprobé, con mejores resultado de los que jamás pude imaginar. Y también me di cuenta de que ya no tenía que madrugar para ir a la facultad, ni tenía que pasar horas, horas y horas interminables entre sus paredes. De que ya no nos alegrábamos ni celebrábamos nuestros triunfos ni nuestras derrotas en la cafetería, con la compañía de unos botellines, ya fuera en los cambios de clase o cuando un profesor avisaba que llegaba tarde, o simplemente porque al fin había llegado el buen tiempo. Ni más jornadas de sol a sol en Arquitectura para llegar a tiempo a la entrega de los trabajos. Ni esos días en lo que lo único provechoso que hacer era pararse a ver la lluvia desde la clase y nada más…

Fue en ese preciso instante cuando vi pasar los mejores momentos de mi vida como en una película, justo delante de mí, ¡y yo ridículamente me había alegrado de que hubieran acabado! Un enorme sentimiento de nostalgia y de pesar se apoderó de mí.

Este sentimiento me acompaño durante días, incluso durante semanas, aunque conseguí reducirlo al paso del tiempo, pero en ningún caso me abandonaba, no del todo. Era como mi sombra, parte de mí, inherente a mi persona. Mi fiel compañero día y noche, perturbando hasta los sueños que soñaba despierta.

Una vez que te enfrentas a la realidad, ya no queda más que asumir el fin de una era, y limitarse a recordarla. E intentar recordarlo de la mejor de las formas posibles, pero siendo conscientes de que el sabor que se nos quedará es agridulce.

Pero nunca sabemos las vueltas que da la vida. Y al cabo de un año, y después de muchas luchas y de otras muchas batallas a mis espaldas, me vi de nuevo en la universidad. Y ahora mismo continúo en ella, ampliando mi formación. Ahora con la experiencia y la sabiduría que dan las canas, y el conocer cómo funcionan las cosas y por dónde van los tiros.

Ahora han vuelto a mi vida los días en los que tengo que madrugar para ir a la universidad, o arriesgarme a coger cola y a no encontrar aparcamiento. A pasar horas, horas y horas entre las paredes de la facultad. Horas interminables, gélidas, ya que no recuerdo un invierno tan frío como éste. Un frío que no te deja otra opción que pasar por cafetería para entrar en calor. También han vuelto los quebraderos de cabeza para averiguar cómo optimizar el tiempo para llegar a los exámenes. Fines de semana en Arquitectura estudiando. Prácticas en las que sabes a qué hora entras, pero nunca a qué hora sales…

Y ahora todo lo veo como una fortuna, un regalo del destino, que me ha otorgado la oportunidad de vivir una de las etapas más importantes en la vida de una persona por segunda vez. Lo único que echo de menos son esos días lluviosos en los que lo mejor era pararse a ver cómo llovía y nada más.

 Licencia de Creative Commons
Esta obra cuyo autor es Noemí Quesada está bajo una licencia de Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons.

Photo by Jessica Knowlden on Unsplash.

2 comentarios en “Lluvia y nada más

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