Mes de agosto

Es verano. Hace calor. Mucho calor. Él se encuentra a mi lado, mira al móvil. Dice que es algo del trabajo. No lo sé, no soy capaz de prestar atención. Para ser franca, tampoco me importa. Pero esas cosas no se dicen, por muy ciertas que sean y que se sientan. Aún no había perdido la educación, y esperaba no hacerlo nunca. Aunque ganas tampoco me faltaban, si he de ser sincera. “No te preocupes”, le digo desde algún lugar del universo en el que se había transformado mi habitación.

Estábamos tan cerca y a la vez en planos tan distintos, que se había creado repentinamente, un abismo. Un precipicio imperceptible, separaba mi muslo de esa mano que se enroscaba encima.

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Mi atención estaba arriba. El ventilador que hay en el techo, que gira sobre mí. Siento una ligera brisa, que se arremolina, luchando contra el bochorno de este mes de agosto. No puedo dejar de mirarlo. Gira y gira, incansable, con una cadencia hipnótica. Creo que estoy entrando en trance… ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué hace este tipo en mi cama? ¿Por qué no se va ya y me deja tranquila? ¿Se piensa que me importa su vida sólo porque he decidido enseñarle las tetas? Cuán equivocada está la gente. Está todo mal. Se siente todo mal. Tengo ganas de echarlo a patadas de mi cama. Armarle una escenita. Como si fuera una mujer despechada, de esas de las películas, cuando se entera de las infidelidades de su marido. Coger su ropa y lanzarla por la ventana. Ver su estupefacción y su culo desnudo, recogiendo sus cosas del piso. Desconcertado y cabreado. Así quizás demostraría tener sangre en las venas que recorren su metro ochenta. Qué ganas de gritar. Cuánta impotencia siento. ¿En qué momento se había dado la vuelta la tortilla?

Me estoy perdiendo. Mi humanidad desaparece de forma acelerada. ¿Se estaría evaporando a causa del calor? ¿Dónde quedó mi fascinante inocencia, esa que tanto extraño? Esa parte de mí que creía en el amor y en los finales felices. Esa parte de mí que creía que las cosas con ganas y empeño funcionaban. Esa parte de mí que no vuelve, porque simplemente, ya no existe.

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Este obra cuyo autor es Noemí Quesada está bajo una licencia de Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons.

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