Chocolate

dav

Todo apuntaba a que la clase sería una, como otra cualquiera. Una clase más de esa semana. Una clase sin más. Pero algo cambió durante la segunda hora, en el momento en que la profesora anunció que era día de representaciones.

Mi compañero y yo nos llevábamos muy bien. Existía esa clase de conexión con la cual con sólo mirarnos, ya sabíamos qué pensábamos. Eso, o que en muchas ocasiones, nuestros pensamientos eran muy similares.

Los alumnos, de dos en dos, fueron pasando y realizando sus representaciones. Una pareja antes de nuestro turno, el corazón me había empezado a bombear con más fuerza si cabía. Pugnaba por salir de mi pecho de manera desbocada. Él ya me había dicho que no me preocupara, que se iba a hacer cargo de toda la puesta en escena y que mi papel era parecido al de un mero espectador, sin voz, sin voto.

– Déjate llevar- me dijo él, repitiendo el concepto que ya habíamos acordado, y apretó mi mano.

Y yo no me opuse, confiaba en él lo suficiente como para saber que todo saldría a pedir de boca. Aún así, aún reconociéndolo, no podía controlar mis pulsaciones, ni mi ritmo cardiaco. Cuanto más consciente era de ellas, más me aceleraba yo.

Ya llega la hora – pensé. Son las típicas palabras que vienen a la mente por el temor de lo incierto, ¿o debería decir de lo ansiado? ¿de lo esperado? Ese punto de tensión que hace que te sientas vivo, que seas consciente de cada parte del cuerpo, de cómo fluye la sangre por las venas, y de cómo el aire hace su recorrido a través de los pulmones.

No me quedé mucho tiempo divagando. Había llegado nuestro turno. Era algo inevitable.

Nos levantamos y nos dirigimos al centro de la clase. Desde allí, el resto de compañeros parecen más intimidantes, por muy inofensivos que puedan ser realmente. Me siento como una presa, me siento acorralada y excitada a la par.

Mi parte de la performance era dejarme llevar. Algo que suena muy fácil, pero que implica mucho valor, o al menos, es lo que siempre había opinado.

Mi compañero tenía algo en las manos. Estaba ensimismada, y no me había percatado de ello hasta ese mismo momento. Era un trozo de tela. Lo enseña al público, me mira, y viene a tapar mis estupefactos ojos.

Y allí me encontraba, en medio de la clase, con mis ojos vendados, y con mi sentido de la vista totalmente anulado. Sensibilizando los otros cuatro, aún más. Y me guía, acomodándome en una silla.

Pum-pum, pum-pum. Estaba segura, completamente segura, de que esa era la música de fondo, lo que el resto escuchaba. Pum-pum, pum-pum. Eran mis latidos, cada vez más potentes, rugiendo con fuerza.

Mientras intentaba, sin éxito alguno calmarme, notaba como él, deambulada y revoloteaba a mi alrededor. Cada vez más cerca. Cubriéndome con el aire creado por sus movimientos, por su cadencia. Era como si estuviera bailando para mí, pero sin ser la espectadora. No podía verlo, y estaba conteniéndome para no tocarle, aunque me moría por hacerlo. Quería saber que estaba sucediendo. Saber donde estaba él y que era lo que estaba haciendo.

Una vez más, tomó la delantera, parecía como si supiera que era lo que sucedía en mi mente. Colocó la palma de su mano delicadamente sobre mi tobillo. Notaba el calor que desprendía, y parecía que me quemaba. Lentamente fue ascendiendo, a medida que comprobaba que mi piel se erizaba irremediablemente, sensible a su contacto. Su mano era caliente y suave, un auténtico pecado, y a la vez, un sublime alivio para mis sentidos.

Me torturaba, lentamente. Despacio, sin prisas, y con una mínima pausa a la altura de mi rodilla. Para que me percatara aún más de su calor, de su cercanía, de su presencia. Para hacerme perder la poca cordura que me quedaba, y hacerme respirar a bocanadas, cada vez más profundas y sonoras. Un instante que duró un poco más de la cuenta, antes de continuar el ascenso, por la cara interior de mi muslo. Podía sentir como mi espalda, combatía con la poca sensatez que me quedaba, por no arquearse. Trémula, de pasión, de dudas y de desconcierto, al intuir que algo más me esperaba, que algo más atesoraba entre sus manos.

De forma repentina, su tacto se había vuelto pegajoso, espeso, y más gradual. En mi siguiente inspiración, alcancé a oler el inconfundible aroma de algo tan exquisito, como es el chocolate. Era un olor, que a partir de ese momento, iría relacionado con la lujuria, con mis labios mojados de pasar la lengua por ellos, de un pequeño bocado de ellos, para ahogar un gemido…

Su boca se acercó a mi cuello, rozándolo, buscando, como a tientas, mi oído.

– No sabes cuanto tiempo he soñado con este momento. Con el sabor del chocolate en tu piel…. – me dijo con la voz enronquecida.

Doy las gracias, de haber sido tan solo yo, la que escuchara tal confesión, que me hizo derretirme por completo. También agradecí el tener una venda sobre mis ojos, que se encontraban en ese momento abiertos como platos, y como nunca antes lo habían estado. Sobrepasando la estupefacción anterior.

Y descendió con su boca, para conseguir descifrar y paladear su misterio. El misterio que no le dejaba dormir por las noches, el que había dado lugar a esta puesta en escena. Succionando y lamiendo, brevemente, un minúsculo pedacito de chocolate, que había justo por encima de mi rodilla, para luego buscar mis labios. Haciéndome partícipe, en su segundo ascenso, de ese sabor, mezclado ahora también con su sabor. De mí y de él. Su lengua, caliente, húmeda, me dejó comprobar por mi misma el gusto del chocolate en mi piel, mezclado con su saliva, imprimado con su propio sabor…

Pero llegó el momento de la desunión. Separado ya, a escasos centímetros de mi, aún podía sentir su calor y sus labios, como si estuvieran envolviéndome de la cabeza a los pies. Estaba paralizada, no atinaba a reaccionar. Sentía su aliento sobre mí en cada una de sus exhalaciones, era doloroso físicamente. Yo no podía hacer más nada que relamerme disimulada y paulatinamente, para grabar a fuego su sabor en mi memoria y en mi subconsciente.

Una voz que se sentía lejana, fue capaz de despertarme de mis cavilaciones. La de la profesora, aplaudiendo, a la vez que decía mientras carraspeaba: “Se acabó la función chicos”.

Y así, al borde del infarto, pensé yo, que lo que me hacía falta, era probar una vez más, su sabor. Su sabor a chocolate.

Licencia de Creative Commons
Este obra cuyo autor es Noemí Quesada está bajo una licencia de Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s